Un joven alto y escuálido se monta. Estira su mano en la que sostiene un viejo billete y un par de monedas de colores diferentes. Mientras aguarda a que el conductor termine de dialogar con un hombre por la ventana de su lado, el muchacho mira hacia adentro del bus.Su mirada se pasea en busca de un puesto y aprovecha su recorrido para detenerse un poco entre las figuras femeninas que resaltan. Por fin, el conductor vuelve su cabeza hacia él y recibe el dinero depositándolo de un tajo en un recipiente sobre el que descansan otras tantas. El joven avanza y se sienta junto a una vieja.
El conductor vuelve de inmediato su cabeza hacia la ventana lateral sin darse cuenta que el hombre con el que hasta hace poco hablaba, ha dado unos pasos en derredor del bus y se dirige hacia el lado de la acera. Lleva un impermeable amarillo, un casco azul que no deja entrever su cara y unos papeles azules y blancos en su mano derecha. Ahora esta en la otra acera y con su mano izquierda le hace señas a los buses para que despejen el área. El conductor tiene su mirada puesta en la vía azulosa del frente.
¡Estos maricas no dejan trabajar...ni eso puede hacer uno!...¡mucho hijueputa!.
El hombre pone sus manos sobre la cabrilla y gira su cabeza hasta dar con el amarillo. Afuera continua lloviendo.
Déle plata a ese pirobo, eso es lo que esta buscando. De todas maneras es preferible darle cuarenta lucas a este hijueputa que tener que hacer filas pa pagar cuatrocientas.
El hombre vuelve a rodear el bus mientras apunta algunas cosas en los papeles. Se pone otra vez a la ventana del conductor, le pasa los papeles y un lapicero y una vez firmados retorna a su posición al otro lado.
El bus arranca. Con una mano sobre el volante y otra sobre su pantalón azul el hombre reanuda su trabajo.
Mucho malparido, el man este se parcha ahí pa ver quien cae. ¡Claro! a los pasajeros que cogen el bus allá no les dice nada, pero al chofer si lo coge de una de las guevas.
Ya estuvo. Ya no importa.
Odia que lo llamen chofer. Acepto este trabajo porque necesitaba el dinero. Sin embargo detesta tener que mencionarle a mucha gente que se pasa todos los días recorriendo la ciudad en un bus que no le pertenece. Aquello lo hace parecer un tonto que no tiene otros valores que aquel de saber maniobrar un vehículo. No le gusta, es simplemente eso. El bus se le hace una prisión en forma de prisma que le evita dedicarse a sus pasiones, que considera mas altruistas. Siente que desperdicia su vida viendo como un hombre tras otro le entrega unas monedas, escuchando el insoportable ruido que todos los días se producen en las autopistas a las horas pico, aguantando el calor sofocante de las tardes sin viento. Detesta su uniforme pero más aún, lo mortifica la idea de tener que llevar una estupida escarapela que lo identifica como empleado de la empresa. ¿Acaso no es suficiente con tener que usar un pantalón azul y una camisa blanca con ribetes naranja todos los días para que comprendan que les pertenece, que necesita de su dinero para seguir con su vida?
La lluvia no cesa. Se trata de unas pequeñas gotas inconstantes suficientes para moderar la velocidad del tráfico. El acompañante con el que estableció su particular conversación ya no esta. Ahora solo están él y el vidrio que tiene delante suyo; un lienzo que apenas cambia.
El conductor tiene una prominente frente a causa de las entradas que la calvicie le ha provocado, sus cejas bajas le quitan espacio a sus ojos, uno de los cuales tiene una mancha rojiza.
Los limpiaparabrisas producen un sonido que se repite con la misma frecuencia. Eso y el sonido de la lluvia es lo único que escucha nuestro personaje. Aquello le recuerda el sonido de ese reloj que rompía el mutismo. Sentado en un comedor de seis puestos frente a su amante y con el padre de aquella mirándole de pies a cabeza, preguntándole por sus proyectos a futuro. Entonces no sabia que decirle ¿Para que manifestarle a un hombre de aspecto recio sus entupidas fantasías de escritor? ¿Pero que decirle entonces? ¿Que pensaba seguir su vida sentado tras un escritorio con una corbata que sometía su cuello? No, eso no. Quería a esa mujer y si para tenerla tenía que hablar torpemente sobre proyectos de vida en los que la incerteza no seria una opción, lo haría. No tenia sentido entonces hablarle de las noches en las que viajaba por todos los rincones del mundo en búsqueda de grandes acontecimientos que relatar como Hemingway se lo había enseñado. Entonces pronunciaba torpemente un discurso representando a un hombre seguro de si mismo. Que importaba aquella parodia si luego podría disfrutar de los deliciosos senos de su hija. Al terminar el discurso venían las preguntas y su frágil historia comenzaba a resquebrajarse con la misma facilidad que el vidrio al ser sometido a la colisión. Luego callaba y agachaba la cabeza comprendiendo que había sido humillado, derrotado. El silencio era agobiante, pero más agobiante aún era el sonido casi imperceptible de los cubiertos en movimiento y de las agujas del reloj avanzando. No la volvió a llamar.
Una mujer con una bolsa a la mano se acerca a la registradora.
La registradora no devuelve. La salida es por la de atrás.
No recuerda cuantas veces ha dicho eso esta semana pero ya esta cansado de hacerlo. Hay un letrero en letras grandes y rojas que le debería ahorrar ese trabajo, pero no es así. Hace su parada y aguarda a que la mujer abandone el vehículo.
¿Me va a dejar trabajar?
- No, responde secamente
Ah no ve, ustedes no dejan trabajar y después que porque le toca a uno salir a pedir limosna o a robarle a la gente.
Pues ya le dije que no puede.
Cierra la puerta y arranca el bus.
Se esta comportando igual al pendejo que le premio con aquella multa. También el se convirtió en un obstáculo para el trabajo de aquel hombre mal ataviado. Pero simplemente cumple con las normas de la empresa que le impiden dejar subir a vendedores al bus. De igual manera actuó ese maldito imbécil que le impartió la infracción. Cumplía también el con las normas de su empresa. Finalmente somos todos iguales. Le pertenecemos a alguien aunque desconozcamos su cara y ese alguien tiene el poder de hacernos actuar en contra de aquellos a quienes si se la vemos. El rigor de nuestro ego esta ahora controlado por aquel que con su firma nos permite recibir los pesos con los que subsistimos. A marchar firmes y a callar si queremos seguir con la tranquilidad de nuestras vidas. Oídos sordos y ojos vendados ante las suplicas de quienes como nosotros salen a diario a resignarse con lo suficiente.
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